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Carta de Paulina protagonista de Medea

Mi primer amor llegó cuando aún estaba aprendiendo a nombrarme. Ser lesbiana no vino acompañado de libertad ni de celebración, sino de silencios, culpas y miradas que empezaron a explicar cualquier dolor como castigo por ser quien era.

En ese tiempo conocí a una mujer que cargaba una historia de abusos que nadie había cuidado. Yo vi belleza donde otros solo veían ruinas. Creí que amar era sostener, incluso cuando ambas nos estábamos ahogando. Me hicieron creer que su vida dependía de mí, que irme sería condenarla. Y yo, siendo apenas una adolescente, cargué con ese miedo como si fuera amor.

La violencia llegó despacio: primero psicológica, luego física, luego sexual. Nadie parecía imaginar que yo pudiera ser una víctima. Ella era brillante, carismática, “la que inspiraba confianza”. Yo no encajaba en la imagen de quien sufre. Por eso callé. Hasta que un día, frente a otros, su violencia dejó de ser invisible.

Entendí entonces que más violencia no sana la violencia. Que haber sido herida no da derecho a herir. Alejarme fue un acto de supervivencia, no de crueldad. Aún hoy rezo por ella, pero también por la adolescente que fui, la que confundió el amor con el miedo.

Esta historia nace de ahí: del primer amor, del silencio, y de la necesidad urgente de nombrar lo que duele para que no vuelva a repetirse.

 
 
 

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