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Carta de Erika protagonista de Circe


Las historias no siempre se cuentan desde quienes aprenden, crecen y salen fortalecidas. A veces se escriben desde la cercanía con quien ocupa el lugar incómodo: la que ama mal, la que hiere sin creer que está hiriendo. Yo no me enamoré de una villana. Me enamoré de una mujer que, en su mundo, jamás sintió que estaba haciendo algo incorrecto.

Cuando una empieza a formarse, también aprende a admirar. Y yo la admiré profundamente. Su inteligencia, su seguridad, su manera de hablar y de ocupar el espacio me deslumbraban. Siempre he pensado que del odio al amor hay un paso, pero de la admiración al amor hay apenas un suspiro. Yo respiré hondo… y caí.

Ella era brillante, fuerte, poderosa. No se llamaba Annie, pero así la nombro aquí. Encarnaba el poder en cada gesto, y yo quería aprender de ella, parecerme a ella, estar a su lado. No me di cuenta de cuándo dejé de ser su pareja para convertirme en algo más pequeño, más moldeable.

Con el tiempo entendí que algunas mujeres aman desde la memoria de sus madres. Te cuidan, te corrigen, te protegen… y también te controlan. Deciden por ti qué está bien y qué está mal, como si tu proceso no te perteneciera. Yo dejé de decidir sin darme cuenta.

Hay una forma muy sutil de amar: darte todo hasta que no te quede nada. Para que ya no puedas irte. Para que no exista la posibilidad del abandono. No era amor lo que estaba en juego, era poder.

Me pidió no trabajar, no salir, no relacionarme con otras mujeres, quedarme en casa. Yo protesté poco. Dudé de mí. Pensé que exageraba. En su manera de amar convivían la protección y el control, el discurso progresista y prácticas profundamente violentas. Yo no tenía las palabras para nombrarlo.

Cuando quise defenderme, ya no tenía herramientas. Me quitaron la voz antes que la razón. El abuso psicológico y económico no dejó marcas visibles, y por eso nadie me creyó. Yo era joven, estudiante, “menos”. En su mirada, eso me restaba verdad.

Hoy escribo desde aquí. No para vengarme, ni para señalar, sino para nombrar lo que viví. Porque el silencio también es una forma de violencia. Y porque contar esta historia es, por fin, volver a mí.

 
 
 

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